El fútbol definitivamente no llega a estar en el top de las cosas más importantes en la vida. Hay cosas que deberían influenciar con más relevancia en el estado de ánimo de una personas que el resultado de un evento deportivo. Sin embargo, para los que vivimos el fútbol, ese marcador al finalizar los noventa minutos y algo más, es la diferencia entre un dormir tranquilo o no querer ver las redes sociales.
La pasada semana debe haber sido, sin duda, de las semanas más dolorosas para el fútbol y el hincha local. Más allá de los colores, el balompié peruano sufrió un golpe férreo: Las caídas en Copa Libertadores de Deportivo Binacional y Alianza Lima. Pero la idea de este post no es enumerar los errores tácticos, las deficiencias técnicas o la distancia física entre los clubes nacionales y los extranjeros. Es para tomarnos un tiempo y analizar una situación más macro: Nuestra realidad futbolística.
Durante años los hinchas y aficionados al "deporte rey" en nuestro país disfrutamos y sufrimos de los vaivenes propios de nuestro torneo y, al finalizar el año, celebramos o adolecemos de las victorias del que termina siendo el campeón. Éste , y también el subcampeón, consigue a base de su esfuerzo una clasificación a un torneo internacional. Y es ahí donde se complica el escenario.
El fútbol es tan grande porque, para mí, es una demostración práctica de la vida. Con sus defectos y virtudes. En tan solo poco más de hora y media. Es un ciclo de ilusión renovable constante y muchas veces injustificada. Y es aquí donde yace el problema. Cuando los equipos peruanos consiguen anotarse en torneos como la Copa Libertadores o la Copa Sudamericana, la esperanza del hincha se eleva a lo irrazonable. Que no se entienda como crítica, es parte de.
Sin embargo en esa irracionalidad es donde se ubica el motivo de la crítica desmedida y, a veces, mal intencionada. Esto si es crítica. Y califico así a la crítica porque siento que se deja de lado la imagen más grande, y esa es que nuestro nivel se ve reflejado y revelado en los resultados en torneos internacionales.
La distancias abismal que se siente al ver los partidos es, de manera incuestionable, la distancia que hay entre una liga y otra. No hay más análisis. No se trata de simplificar y eximir a los jugadores y dirigentes. Es todo lo contrario. Es reconocer un defecto y a partir de eso empezar a hacer un trabajo serio. Es entender que, a pesar de los logros de la selección, estamos a años de trabajo de otras federaciones.
Es ahí donde está nuestro verdadero objetivo dentro de la sociedad futbolera peruana. Buscar, con un trabajo a largo plazo, reducir las distancias. La palabra mágica en este argumento es "largo plazo". Lo cual implica una reestructuración desde la categoría de menores y un trabajo serio en la organización y profecionalización de nuestros campeonatos.
Es inherente al fútbol que los sueños se renueven con cada partido. No le podemos pedir al hincha no soñar. Sin embargo es una responsabilidad de todos evitar convertir ese idilio continuo en una pesadilla permanente.

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